GIAIMO,VIVIAN
El cuerpo poético -el cuerpo palabrero, significante del yo lírico-, dialoga consigo mismo y con el Otro (y otros seres de sentidos) desde su azul lugar, lejos del mar. No espera, y su andar es lento de lámpara tenue. Habla escuchando bocas silenciosas que dan nombre a la existencia. Percibe colores de luz que se derraman, cayendo de la frente. Aguarda. A través de la ventana, tentación del ver o pulsión escópica, ve el caer de la manzana y el atravesar el cristal por saetas de luz. Augura el poder del solitario y la caída en picada del olvido. Recuerda para la madre su prodigio de ser. Enfrenta la duda, el espejo y su pregunta por el saber que sabe. El Otro, un Usted, nombra y ocupa de igual manera un lugar azul y desea ser ungido por mortal que teme a la culpa. En medio de un griterío, se escapa su niñez. Le pregunta qué ve en ella al caer. Y como Sísifo, sabe que nada es propio, mientras percibe la desnudez erótica del otro y su ser ondulante. Niega la indiferencia. Quiere rozar en un charco la imagen de la luna. Cree en el posible amor, adjura contra falsos filántropos pero afirman fe y amor de quien la